lunes, 19 de septiembre de 2011

Prurito

Me pica el oído, adentro del oído: es irritante. Un escozor familiar, inalcanzable y peligroso. De esos que pueden volverte loco – como cuando pica la planta del pie y uno no encuentra una manera de rascarse. Pica, pica, pica.
Se podría decir que solamente hace un tiempo, averigüé qué era. Incluso podría decirse que averigüé quién era. En realidad hace años que lo tengo en la cabeza. Pero no empezó a hacer lío sino hasta unos meses atrás. Es una criatura – Sí, en la cabeza tengo una criatura. Se trata de una criatura violenta, visceral, enigmática… No sé cómo llego ahí. Pero no creo que se vaya. Nunca.
Es violeta, moteado con chocolate. Tiene una boca gigante llena de dientes afilados, y unas manazas de tamaño exagerado para sus proporciones. Es barrigón, de un abdomen redondamente curioso. Lleva anteojos, y sus ojos, sus ojos, bueno, sencillamente son lo más especial de él. Son negros. Oscuros como pozos, pero, cuando uno se fija mejor, parecen estar llenos de cosas. Un montón de cosas. Que quieren salir.

Sospecho que a mi monstruo de ojos negros lo gesté yo misma. A mi tierna edad de cuatro años. Alguna magia negra involucrada, sin duda, pero yo estaba sólo aprendiendo a leer. Así que probablemente no soy la responsable de la inescrupulosidad de mi creación. De todos modos, la criatura es tranquila, si se la deja en paz.
Pero ay, darle una razón para pelear es suficiente para que eche rienda suelta a toda la belicosidad que posee y se enferme. Se enferma en palabras. La marean las letras a su alrededor y feliz de utilizarlas a piacere ataca con todas las que conoce. ¿No lo dije ya? Mi monstruo se alimenta de palabras. De todas las palabras. Se fascina de la sintaxis de nuevas oraciones, se regodea en la bella gramática, deplora los errores de ortografía y protesta con cada uno de ellos – propio (mío) o ajeno.
Esencialmente goza de aquellos vocablos nuevos, conoce uno y no puede cesar de repetirlo – me martilla la cabeza. En una ansiedad de usar el término, lo mete en situaciones inadecuadas: “dame un ósculo, belleza” – “no, no, ósculo significa beso pero suena feo, suena mal ¿no te das cuenta?” – De repente, mi monstruo empieza a desvariar vocales que no son ni palabras gritándome algo inentendible – después de todo, es un monstruo, y su ira no siempre se canaliza apropiadamente… – pero vuelve a intentarlo…
Ósculos a medianoche”. “Eso todavía suena raro, pero mejor”. Y así estamos un rato dándole forma a palabras extravagantes, emocionados. Todavía no supimos qué hacer con ósculo, igual.
Bueno claro, yo también me emociono. Después de todo se trata de un juego atractivo y mi monstruo tiene mucho que ver con que yo quisiera estudiar Comunicación. Sólo que, en el momento en que no complazco al cretino, me viene ese escozor en la cabeza… ¡ah! insoportable.
Aunque debo decir, en su defensa, que algunas veces se divierte barato. Sólo toma una palabra vieja, y la mastica, embelesado. Se estremece de placer, explorando su sonido. Pocas cosas hay más fascinantes que mi monstruo engullendo palabras. Hace un rato, por ejemplo, tomó “averigüé”… y empezó “averigüó, averigüar, averiguando” – en ese momento le dio un escalofrío, de lo bien que la estaba pasando – y así siguió, entusiasmado por la diéresis, acaso por lo criollo de su melodía “üaaa, üeee” (es un ridículo).
Finalmente, mi monstruo, al encontrarse en situaciones memorables – o cuando está aburrido – por alguna razón empieza a "narrarme". Llego a un lugar, y lo oigo narrando lo que estoy haciendo, lo que sucede, o por ahí solo está inventando cosas, eligiendo palabras, sin remedio alguno. La mayoría de las veces lo desatiendo, matando su entusiasmo con premura (“premuuuura”) pero, si lo llego a hacer por mucho rato mi monstruo se anquilosa, se desnutre, se vuelve pesadísimo y empieza a picarme adentro de la cabeza.

Hace un tiempo que no lo saco a pasear seguido. Pero, desgraciadamente mi salud mental lo reclama.
Bueno nada, me hice un blog, no tiene mucho sentido, pero la vida tampoco. Y vamos a ver dónde nos llevan ambas.